¿Qué pasa durante el duelo?
En un duelo normal colapsa toda nuestra persona. Se desbordan las emociones, presentándose sentimientos tales como tristeza, enfado, enojo, recriminación, culpa, frustración, reproche (no fui suficientemente bueno); ansiedad, tristeza, melancolía; etcétera. Y el cuerpo sufre también todas las consecuencias (ante esta carga emocional): fatiga, cansancio, agotamiento extremo, falta de apetito; dolores en el cuerpo; dolores musculares; insomnio; palpitaciones; visión borrosa; etc. Se presentan todo tipo de sensaciones: opresiones en el estómago, en el pecho, problemas para respirar; despersonalización; debilidad muscular; boca seca; sensación de falta de aire; hipersensibilidad al ruido; y más.
Llegan pensamientos desbordantes de incredulidad: “esto no me puede estar
pasando”, “es una fantasía, es tan solo un sueño”. Aparece el famoso “brain
fog”, en inglés lo llaman para las viudas el “widow brain”: confusión mental,
se olvidan fácilmente las cosas y los compromisos de la semana; se dejan las
llaves en el refrigerador; se olvida que se estaba haciendo hace tan solo unos
minutos y más “despistes” de este tipo.
Se presenta una preocupación obsesiva por la persona que ya no está: buscándole,
arreglando sus cosas, esperando que en cualquier momento “cruce la puerta de
entrada”, suspirando por estar pensando en esa persona; diciendo que “tal vez
regrese mañana”.
Y en el plano espiritual, el doliente puede entrar en una crisis ante
todo aquello en lo que creía; se pregunta, “¿cómo Dios no intervino si es tan
poderoso?”, “¿por qué Dios me está castigando?”, “Dios no me hizo el milagro”; su
fe entra en crisis y esto también le afecta.
O bien, pudiera ser que el evento lo lleve a aferrarse más a su
creencia.
Y por supuesto, el duelo afecta la personalidad del doliente, está agotado
en todo sentido, por lo tanto, su desempeño familiar, laboral, social y espiritual,
se ve afectado; y, además, como el cansancio emocional se refleja en un
agotamiento físico, se puede presentar la depresión (aunque durante el duelo se
le considere algo normal) y aparece un deseo por estar solo. O momentos de “euforia” que a todos extrañan.
La persona deja de ser la persona que todos conocían antes del duelo. Y esto es normal.
Termino citando a Freud, quien en 1917 hablaba del duelo, creo puntualiza
lo que experimenta el doliente con suma claridad:
“(El duelo es) un estado de ánimo
profundamente doloroso,
un cese del interés por el mundo exterior,
la cancelación de la capacidad de amar,
la inhibición de todas las funciones”
(citado por Jorge Bucay[1])
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